Durante la revisión de la biblioteca de la familia Salcido, un perro viejo llamado Otelo no se despegó del librero en toda la tarde. Se echaba justo frente al mueble, como si vigilara el proceso.
La señora Salcido nos explicó que Otelo siempre dormía ahí, en ese rincón exacto, desde cachorro. El librero llevaba más años en la familia que el perro mismo.
Cuando terminamos de vaciar el mueble, casi al final de la tarde, Otelo se quedó viendo el espacio vacío un buen rato, después se acostó igual, en el mismo lugar de siempre, aunque ya no hubiera nada que vigilar.
Nadie dijo mucho en ese momento. La señora Salcido solo sonrió, un poco triste, un poco enternecida.
No sabemos qué entienden realmente los animales de estos cambios, pero momentos como este nos recuerdan que una casa entera se acostumbra a los libros que la habitan durante años, personas y mascotas por igual.