Siempre nos han caído bien los padres orgullosos de sus hijos.

Llegamos a una cita en Insurgentes y Río Mixcoac, en una calle tan angosta que dejamos la camioneta tres calles atrás. Un elevador pequeño nos llevó hasta el departamento, donde una señora mayor nos recibió con mucha formalidad y un vaso de agua de mango.

Después de revisar sus libros y hacerle una oferta, empezó a platicar. Nos dijo que estaría solo unos días en la ciudad, así que le convenia que nos lleváramos los libros ese mismo día.

—Yo vivo con mi hija. Cuido a mi nieto mientras ella trabaja.

Nos contó que su hija era muy estudiosa y que le habían ofrecido empleo lejos de casa. Que a veces extrañaba México, pero disfrutaba vivir en el extranjero. Hablaba de ella sin presunción, con sencillez, como se habla de quien se quiere mucho.

Cuánta fortuna, tener en la vida a alguien que nos quiere así.

¿Tienes libros que ya no puedes conservar?

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