Un martes de octubre normal, sin nada especial en el calendario, tuvimos tres visitas completamente distintas entre sí, y nos pareció que valía la pena contarlo.

La primera fue una herencia en Coyoacán: dos hermanas revisando con calma la biblioteca de su mamá, entre café y recuerdos. La segunda, una mudanza urgente en Interlomas, con cajas ya empacadas y poco tiempo para revisar con detalle.

La tercera fue distinta: una donación pequeña, apenas veinte libros, de una señora que solo quería asegurarse de que sus libros de cocina llegaran a alguien que los fuera a usar.

Cada visita tuvo su propio ritmo, su propia urgencia, su propia emoción. No hay dos revisiones iguales, aunque el proceso general sea el mismo.

Nos gusta esta parte del trabajo: nunca sabemos, al empezar el día, qué historia nos va a tocar acompañar. Cada casa tiene la suya, y cada una merece el mismo cuidado, sea una herencia grande o una donación de veinte libros.

¿Tienes libros que ya no puedes conservar?

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