Era sábado. Nos habían asignado una cita para revisar algunos libros en Cuernavaca. Aceptamos sin preguntar más, porque en la papeleta decía que se trataba de pocos libros de arte.
Llegamos a un desarrollo privado con un lago artificial al centro, calles anchas y empedradas. La casa indicada tenía la fachada blanca, rodeada de limoneros. A un costado, en el patio, se llevaba a cabo una venta del menaje de la casa.
Nos condujeron a una oficina en la planta alta: dos pequeños estantes, pero de formato grande. Cerca de doscientos libros, todos con magníficas ilustraciones y muy bien cuidados.
Nos tardamos revisándolos más de lo que esperábamos. Al terminar, hicimos una oferta que la dueña aceptó. Bajar y cargar la biblioteca fue toda una faena: el auto apenas podía andar de regreso a la Ciudad de México.
A veces las citas que parecen sencillas resultan no serlo.