Hace ya varios años, cuando comenzamos a comprar libros usados, no teníamos un transporte adecuado para las mudanzas. Nos movíamos en un auto compacto, de esos sin cajuela: un zapatito con motor de licuadora.
Ese carrito nos llevó por toda la ciudad, pero como todo lo que funciona en esta vida, era propenso a descomponerse.
Yendo hacia un fraccionamiento residencial al norte de la ciudad, el carro comenzó a fallar cargado y de subida. No sabíamos dónde estaba el problema: en una cuesta, el auto tomó vuelo, se apagó antes de llegar al plano y comenzó a ir en reversa lentamente.
«El freno de mano, el freno de mano.» La calle estaba vacía, así que los metros que retrocedimos no afectaron a nadie.
Orillamos el auto y abrimos el cofre: el radiador tenía una fuga. Esperamos a que se enfriara el motor, agregamos líquido anticongelante y llegamos a la cita, haciendo pausas todo el camino para que el motor no se apagara.
¿A ti también te ha pasado algo así?